Bolivia, un lago
de riberas altiplánicas de rala vegetación y excesiva altura, una
cordillera de montañas congeladas, un quieto y sosegado mar de sal que
llaman Uyuni, un laberinto de marañas de verdor, un ramillete de valles
pintorescos. Panoramas contradictorios en un país de acrisolados
matices, que a veces es páramo o campo fértil o selva bulliciosa
atiborrada de vida
Perú, un país de
mitos y tradiciones que nacieron con el tiempo, de bucólicos y
espléndidos paisajes y de restos arqueológicos impresionantes, que
muestran la otrora grandeza de los primeros hombres que habitaron esta
tierra, los auténticos arquitectos de la cultura y la civilización
andina.
En ambos países
aún se sienten las voces del pasado. Quizás provengan del lago Titicaca
y su aura mítica y legendaria o surjan tal vez de los eternos susurros
de fe de los templos coloniales o de los decires de la gente que se
aferra, conserva y atesora la herencia cultural de estos países